Los irresponsables obstáculos a la Unidad Popular

Puede que no haya consigna revolucionaria más aceptada que la de “el pueblo unido, jamás será vencido”. Igualmente aceptada es la idea de que el enemigo basa su victoria en el “divide y vencerás”. Entonces cabría preguntarse… ¿qué carajo nos pasa a las personas y organizaciones que luchamos por los derechos de las clases populares? ¿Qué es lo que nos impide unirnos contra un enemigo que, a pesar de ser minoritario, está fuerte y cohesionado en sus objetivos de saqueo y explotación?

La historia nos ha demostrado que, cuando las clases oprimidas nos unimos para luchar juntas, la sociedad avanza y se transforma. Y sin embargo esta enseñanza tan aparentemente evidente, no se ha llevado a la práctica tantas veces como se debería.

La unidad popular, una necesidad histórica para las oprimidas

Vivimos un momento histórico de cambios importantes, lo que desde el marxismo hemos venido a llamar crisis del bloque histórico. El modelo social y económico vigente que mantenía altos niveles de consenso social (lo que hemos venido a llamar Estado de Bienestar), está absolutamente agotado y se vuelve inviable dentro de los marcos de una economía capitalista. El “acuerdo social” (que tiene poco de acuerdo y mucho de imposición) se vuelve inviable y caminamos hacia un punto en el que se nos ofrecen dos opciones: Reconfigurar el modelo social de tal forma que se sigan manteniendo los privilegios de unos pocos, o romper con lo anterior y generar una alternativa diseñada por y para las clases trabajadoras. Y ante esta situación, nos encontramos con unos privilegiados que ya han empezado a poner en marcha sus planes de re-configuración, y con unas clases oprimidas que apenas empiezan a darse cuenta de lo que está ocurriendo, intentando a duras penas articular respuestas a los ataques a sus derechos.

Y es precisamente ahora, a las puertas de unas elecciones generales en mitad de una crisis de régimen, donde el debate de la unidad popular comienza a darse más claramente con intenciones de llevarse a la práctica. Sin embargo, no son pocos los obstáculos para construirla, algunos de los cuales pasamos a describir:

– La izquierda identitaria: Proteger el tarro de las esencias

El apego a las siglas, la simbología y a todo tipo de elementos político-folclóricos es algo que ha caracterizado a buena parte de la izquierda post-soviética. Tras la caída del bloque socialista y el triunfo de la globalización neo-liberal, la ideología del “fin de la historia” se impuso académica y socialmente. Esto obligó a la izquierda política que no estaba dispuesta a entregar sus principios (como sí hizo la social-democracia) a adoptar una lógica de “resistencia”, muy apoyada en una nostalgia por los logros conseguidos en el pasado, y ahora desaparecidos. Defender a muerte lo que resiste y mantener bien alta la bandera para demostrar que seguimos existiendo a pesar de haber sufrido una derrota importante, parecía ser la consigna implícita y necesaria para mantener algo organizado que pudiera seguir poniendo en cuestión al sistema capitalista.

Una parte importante de la militancia de la izquierda se ha socializado políticamente más bajo esta lógica de “resistencia/identidad”, que en los nuevos espacios de lucha que aparecieron especialmente potenciados tras el fenómeno del 15-M. Y este es uno de los factores que explica la resistencia de buena parte de la izquierda organizada a renunciar a su lenguaje, modelos organizativos, estrategias comunicativas…etc. Una izquierda forjada en la resistencia, acostumbrada a que los llamados a “la renovación” se hicieran por parte de sectores ligados al poder, y con la única intención de hacerla desaparecer como “núcleo duro” de resistencia abiertamente anti-capitalista. Una izquierda, a la vez limitada por esa mentalidad a la constante defensiva, que no ha sabido dotarse de herramientas para el momento de la ofensiva política e ideológica.

– Podemos: Un reloj suizo para ganar las elecciones

Pablo Iglesias lo dejó claro en uno de sus discursos del debate congresual de Podemos, haciendo referencia a la metáfora de un partido de baloncesto al que apenas le quedan unos segundos para terminar. El objetivo es ganar las elecciones y necesitamos un equipo de dirección cohesionado que no tiene por qué ser plural y representativo de las bases, sino eficiente y diligente en la puesta en práctica de una estrategia que entienden suficiente para ganar. No hay tiempo para afrontar debates políticos internos más allá de debatir la propuesta A o B en un referéndum telemático. La dirección política debe funcionar como un reloj suizo que dedique todo su esfuerzo a una política comunicativa enfocada hacia lo externo; con un mensaje único pero lo suficientemente ambiguo y “flotante” como para que diferentes sectores puedan sentirse identificados con él.

Los tiempos del debate orgánico democrático no cuadran con los tiempos de la agenda mediática, y un proyecto político que se basa principalmente en una estrategia comunicativa tiene que saber dar respuesta oficial a todo en cada entrevista para el telediario o participación en tertulia. Se trata de una dirección de personas expertas en comunicación política adaptada a la nueva realidad social, que logra grandes avances gracias a la dictadura del argumentario. Herramienta fundamental cuando tu principal lucha política se centra en construir un relato de “la actualidad” que sea favorable a tus propuestas políticas.

Hay que reconocerlo, han construido una herramienta política de gran calidad. Extraordinariamente eficaz a la hora de trabajar en la consecución de sus objetivos. Y su objetivo no es otro que canalizar el heterogéneo y contradictorio descontento social en una candidatura “por el cambio” que les lleve hasta los despachos de la Moncloa. El problema será comprobar si es una herramienta válida para lo que vendría después en caso de salir ganadores en unas elecciones; algo que tampoco está garantizado por muy eficaz que sea su estructura.

– Los egos: “Me lo merezco” vs “¡Abrid paso, perdedores!”

Por último, aunque no por ello menos importante, esta el problema de los egos. Por un lado nos encontramos a personas que llevan toda una vida haciendo un trabajo político de hormiguita, con la sensación de estar predicando en el desierto. Son de las que mantuvieron alzada la bandera del pensamiento crítico en tiempos de dictadura del pensamiento único y de estabilidad del régimen. Personas que aguantaron “la travesía por el desierto” y que, por lo tanto, entienden que deben ser las protagonistas ahora que se pueden recoger los frutos de tanto esfuerzo. Egos alimentados por la vanidad o la sensación de que se comete una injusticia al no reconocer públicamente su esfuerzo, y que no son capaces de darse cuenta de que la mayor recompensa sería ver cumplidas sus aspiraciones políticas como clase social, y no como persona individual.

En el sentido contrario, aunque no por ello menos afectadas por la vanidad, nos encontramos a las “nuevas incorporaciones a la lucha”. Personas que, o por desconocimiento o por ganas de generar un relato interesado, achacan la falta de éxitos anteriores a “la incompetencia de la izquierda” y que explican los avances políticos actuales en base a una estrategia “novedosa” y diseñada “para ganar”. Planteamientos que obvian las diferencias de contexto, y que por tanto, las victorias políticas y sociales se explican exclusivamente por una cuestión de voluntad. Bajo esta premisa, argumentan que “las de antes” tienen poco que aportar, que tienen mentalidad perdedora y no están capacitadas para encabezar una alternativa política ganadora. “Que se aparten los perdedores, ha llegado la generación más preparada de la historia y es mejor que os echéis a un lado”.

Ni egos, ni relojes suizos, ni tarros de esencias. Vasto, heterogéneo e impredecible poder popular

Ahora imaginemos que somos capaces de superar las barreras que suponen culturas políticas diferentes, y que somos capaces de dejar a un lado nuestros egos personales para construir una candidatura de unidad popular de cara a las elecciones generales. Imaginemos que la izquierda tradicional y los nuevos actores políticos y sociales son capaces de confluir en una candidatura que sea capaz de disputar la hegemonía institucional al bipartidismo. ¿Sería esto una verdadera Unidad Popular? La respuesta es clara: No, más bien sería un paso importante para construir una verdadera unidad popular. ¿Y por qué? Porque la unidad popular no es sólo la unión de las fuerzas políticas y sociales organizadas que luchan en pos de los intereses del pueblo; la unidad popular es la unión del pueblo organizado. Algo que no significa que la mayor parte de la gente deba organizarse en partidos políticos, sino que debe organizarse en la defensa de sus intereses en todos los ámbitos de su vida: el puesto de trabajo, el barrio, el centro de estudios, el bloque de vecinos o la propia casa.

Para cambiar las cosas de verdad no basta con tener una maquinaria diseñada para ganar las elecciones, necesitamos un vasto movimiento popular para tomar el poder. Porque como ya es sabido, tener el gobierno no es tener el poder; y si no, que se lo digan a Allende. ¿O es que acaso pensamos que si ganamos las elecciones, la oligarquía y sus poderes fácticos se van a dar por vencidos y van a “entregar sus armas”? ¿Cómo pensamos resistir a sus ataques mediáticos cuando decidan quitarnos esa pequeña cuota de pantalla, si no tenemos a nuestra gente en el barrio dando nuestra versión de las cosas en bares, plazas y mercados? ¿O es que acaso pensamos que podemos luchar contra un sistema que abarca desde el organismo supranacional más importante hasta nuestra cotidianidad más cercana, con las simples herramientas institucionales que ese mismo sistema ha diseñado para su propio beneficio? La lucha por el cambio, o mejor dicho, por la transformación social, no es sólo una batalla que se de en el ámbito institucional; se trata de miles de batallas que hay que librar a nivel político, económico e ideológico. Lo que significa que no puede haber unidad popular completa, sino está respaldada por un verdadero poder popular.

Un poder popular que por necesidad tiene que ser heterogéneo y a veces conflictivo, que aprenda a pensar la política desde su cotidianidad y su lucha concreta día a día, aunque tenga aspiraciones históricas. Un poder popular que no sigue una hoja de ruta, sino que la construye, la debate y la modifica en base a lo que aprende. Que es impredecible, no en el sentido de caótico, falto de cohesión o de rumbo. Impredecible como lo es el destino de un pueblo que se dispone a construir una sociedad diferente que aún no existe, pero que aspiramos a crear en torno al debate colectivo, y enfocado a cubrir las necesidades y alcanzar las aspiraciones de una mayoría social que hasta ahora, no ha tenido la oportunidad de participar en el diseño de la sociedad en la que vivía.

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