#OperaciónSuárez: El preludio al pacto de Estado

Se van acercando en el calendario las diferentes citas electorales, y el régimen teme por su debilidad y su deslegitimación ante la ciudadanía. Cada vez más, las encuestas vaticinan una drástica caída del bipartidismo, y una posible composición parlamentaria que impediría que alguno de los dos grandes partidos lograra una mayoría absoluta o lo suficientemente estable.

Si observamos y estudiamos la historia de la humanidad, podemos sacar una cosa en claro, y es que el poder no suele improvisar. Aún estando a mitad de la legislatura, los poderes económicos y su reflejo en el sistema político están pensando ya en las posibles salidas a un escenario parlamentario que podría poner en peligro el programa de recortes, privatizaciones y destrucción del estado del bienestar que llevamos sufriendo desde el último gobierno de Zapatero. El sistema bipartidista está en crisis y hay que plantear ya una alternativa que no suponga la pérdida de sus privilegios.

El objetivo del régimen es claro: “Necesitamos una segunda transición”.

Todo sistema socio-político tiene un relato “histórico-fantástico” que ayuda a legitimarlo en el imaginario colectivo. Los romanos decían que su ciudad fue fundada por dos niños amamantados por una loba, y en España decimos que la democracia la trajeron unos “padres” de calidad humana incuestionable, que supieron poner sus diferencias a un lado para pactar el mejor acuerdo democrático jamás alcanzado en la historia de la humanidad.

Un relato machacón que nos han contado en multitud de documentales, mini-series y películas; tantas veces repetido que ha logrado modificar la memoria de las personas que lo vivieron. Nunca antes un fenómeno histórico había contado con una versión tan homogénea y sin contradicción alguna, con frases hechas que repetimos a veces como autómatas: “El rey nos salvó el 23-F”, “Suárez y el rey trajeron la democracia a España”, “Los pactos de la transición fueron el consenso de todos los españoles”. Una historia presentada como si no hubiera habido vencedores ni vencidos, como si se hubiera creado un “tablero de juego” democrático totalmente neutral y cuyo acuerdo fue resuelto gracias a la buena voluntad y sentido de la responsabilidad de sus creadores.

Este relato se vuelve evidentemente falso en el momento en que hacemos un estudio más detallado del contexto histórico de la transición y los hechos que ocurrieron. No hay más que analizar la historia de Adolfo Suárez para darnos cuenta de que el mito que nos están contando ahora mismo es completamente falso. Un presidente que tuvo que dimitir, saliendo por la puerta de atrás y siendo traicionado por los propios sectores que lo llevaron al poder. Presidente de un gobierno cuya política económica supuso una crisis que hizo aumentar los precios de forma descomunal, cuya policía tiene las manos manchadas de sangre de reprimir manifestaciones obreras y estudiantiles, y que, no olvidemos, llegó hasta la presidencia a base de subir dentro de las instituciones franquistas.

Sin embargo, es cierto que han logrado hacer que tanto personas con sensibilidades de izquierdas como las más reaccionarias, reivindiquen aquel proceso de transición como ejemplo del “buen hacer” político. Es comprensible por tanto, que estemos viviendo una auténtica ofensiva mediática recordando este momento histórico, justo cuando la valoración de las instituciones que se derivaron de la transición está en mínimos históricos. Un intento a la desesperada de convencer a esas nuevas generaciones “indignadas” que no ven las actuales instituciones como una conquista lograda, sino como la imposición incuestionable de una democracia tutelada y limitada.

El objetivo por tanto es la re-legitimación de la monarquía, y el llamamiento a la “unidad” de los partidos parar reformar (que no transformar) el actual sistema institucional, de forma que se garantice su supervivencia en esencia; especialmente si nos referimos al pago de la deuda a la banca extranjera (derivada del rescate a la banca española), de obligado cumplimiento tras la reforma del artículo 135 de la constitución.

¿Un pacto de todos los partidos? Una misión imposible

Existen diferencias cualitativas entre el contexto histórico de la transición y el actual, por lo que la aplicación mecánica de la misma fórmula se vuelve hoy imposible. Era mucho más fácil llegar a acuerdos con los partidos democráticos, cuando existían elementos de negociación tales como la legalización o la puesta en libertad de miles de militantes encarcelados.

Actualmente, tanto la izquierda social y política, como los nacionalismos periféricos, están pidiendo un nuevo proceso constituyente (aunque eso sí, con objetivos bastante diferentes). Esta posición rupturista impediría renovar viejos pactos electorales a cambio de una serie de concesiones programáticas; dado que el PPSOE es el único verdaderamente interesado en mantener el régimen político derivado de la constitución del 78.

El nacionalismo catalán huele la debilidad del régimen, y ha decidido adoptar una estrategia más rupturista y en clara hostilidad hacia el gobierno central (a diferencia de lo que han hecho en años anteriores), lo que impediría un gobierno “de gestión de la crisis” con alguno de los grandes partidos, si no se cede a las exigencias soberanistas; algo que la corona no puede permitir. Por otro lado a la izquierda no le queda otra salida que la exigencia de asamblea constituyente, dado que la política neo-liberal se ha hecho mandato constitucional, y un simple cambio de gobierno no impediría la aplicación de estas políticas.

Es evidente que algo se tiene que modificar en el actual aparato institucional, la pregunta es si será una simple reforma superficial, o si se abrirá un verdadero debate popular sobre el país que queremos. Dos posturas absolutamente encontradas e irreconciliables que vuelven absolutamente imposible la realización de un pacto de estado entre todos los sectores sociales y políticos.

Pacto de estado: ¿Reforma constitucional o proceso constituyente?

Dado que a los poderes económicos no van a ser capaces de lograr ese gran pacto de estado, su estrategia se basará en una simple representación del mismo. Un gobierno de coalición entre el PP y el PSOE, en supuesta representación de “la derecha y la izquierda”, deberán ser los encargados de realizar las reformas constitucionales necesarias como para aparentar que están realizando un “cambio histórico”, cuando la realidad será que simplemente están parcheando un régimen que hace aguas. La reforma del Senado, la reducción del peso de las autonomías y ayuntamientos y otras reformas “estructurales” servirán para justificar una supuesta “actualización” de las instituciones a las “necesidades actuales”. Reformas que nada tienen que ver con el hecho de abrir un proceso constituyente, dónde podamos abrir un debate de fondo sobre qué modelo democrático queremos, sobre los valores y principios éticos sobre los que queremos construir nuestro sistema político, y dónde podamos decidir sobre si queremos que sean las personas, y no los mercados, el centro de todas las políticas públicas. Pero como hemos visto, la estrategia de la oligarquía española pasa por la implementación de un gobierno de unidad del régimen que ayude a mantener el barco a flote, frente a esta tormenta constituyente que amenaza con ponerlo todo patas arriba.

Sin embargo, resulta difícil vender a la población un pacto de gobierno PP-PSOE después de representar ante la ciudadanía durante décadas que suponían proyectos políticos antagónicos (algo demostradamente falso si analizamos los grandes pactos alcanzados durante los últimos años). Resulta imprescindible resucitar al famoso “espíritu de la transición” para justificar este pacto de estado, y paradójicamente, la muerte de Suárez ha servido para resucitar a este espíritu. Ha sido la excusa perfecta para lanzar la campaña de marketing político ante un futuro y  más que probable pacto de gobierno “de unidad”. Apelarán a la “responsabilidad y el consenso” para lograr una salida pactada de la crisis, como si se tratara de una cuestión más técnica que política o ideológica; como si el debate de fondo no tratara en última instancia sobre quién tiene que pagar los platos rotos de la crisis, los capitalistas o la clase trabajadora.

Por lo tanto, y teniendo en cuenta todo lo que hemos comentado brevemente, podemos concluir que toda esta campaña mediática que todos los medios de comunicación han puesto en marcha al unísono, responde más a una estrategia de comunicación política con intereses muy concretos, que al intento de vanagloriar la figura del ex-presidente. Se trata de apelar a ese relato “histórico-fantástico” que sirva para encajar, dentro del mismo, un pacto de estado que hubiera sido visto como absolutamente imposible hace menos de cinco años.

Los medios marcan la linea discursiva, y mucha gente la repite pensando que esos llamados a la unidad apelando al “espíritu de la transición” provienen de una reflexión personal individual y concienzuda, y no de la acción machacona del ejército de tertulianos del poder. Repetimos el discurso unitario de los grandes medios, y además nos creemos originales y críticos. Y este es, desgraciadamente, uno de los síntomas que vienen a constatar el éxito de esta estrategia de manipulación mediática.

Una estrategia de comunicación que nos viene a recordar a la distopía orwelliana “1984”, dónde el enemigo de ayer se convierte en el aliado de hoy, sin que eso tengo que generar ningún tipo de contradicción ante la población, en una manipulación masiva de la memoria colectiva.

Anuncios
Galería | Esta entrada fue publicada en Hablando de Hegemonía. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s