¿Por qué ya no mola tanto lo del “libre mercado”?

Tras la caída del bloque socialista a principios de los años 90, se impuso a nivel mediático y académico el dogma del “libre mercado”. Aparecen las teorías del “Fin de la historia”, donde se presenta el modelo neoliberal capitalista como el estadio último de perfección del ser humano. Negar las bondades del libre mercado y la magia de la mano invisible que regula la economía, era la excusa perfecta para tacharte de anacrónico, utópico o loco. En el ámbito académico se impuso también como paradigma indiscutible, y copó por completo el discurso político, siendo enarbolada la bandera del mercado hasta por las fuerzas tradicionales de la socialdemocracia. Sin embargo, los acontecimientos y movimientos surgidos en los últimos años, han hecho que esta palabra mágica, deje de tener la aceptación tan popular de la que antes podía presumir.

Pero, ¿se trata de un éxito de la izquierda en la lucha ideológica? Nada más lejos de la realidad. Pero para comprender esto, necesitamos realizar antes una breve reflexión.

Hoy vamos a intentar ser pedagógicos, y plantear algunas cuestiones que cualquier persona que se declare marxista tiene que tener claras a la hora de acercarse a la realidad política y social.

¿Lo que pienso determina lo que soy? ¿O lo que soy determina lo que pienso?

Planteaba ya el propio Marx que las ideas de las personas estaban fuertemente condicionadas por su situación social, que no se trataba de una simple elección “al gusto” de las opciones políticas e ideológicas, entre otras cosas. Vivir en condiciones de esclavitud, hace ver el mundo de forma diferente a quien vive en un palacio. El acceso o no a la cultura, la religión, los modelos de familia… etc, condicionan fuertemente el sentido que le damos a nuestra vida, así como el sentido que le damos a la vida de los demás.

Teniendo en cuenta esto, es decir, partiendo de un análisis materialista de la sociedad, entendemos que las ideologías no son el producto de un debate intelectual en abstracto, sino que éstas te resultan más o menos atractivas en función de tu condición social. Es lógico que un trabajador pobre acepte más la idea de que el estado es quien debe garantizar su acceso gratuito a la sanidad, al igual que es lógico que un gran empresario vea con buenos ojos la ideología del libre mercado y la privatización de los servicios públicos.

Por supuesto no debemos entender esto como una especie de relación automática, donde la condición de pobre te convierte de forma inmediata en una persona de izquierdas. Sin embargo, sí debemos tener en cuenta este factor a la hora de entender por qué hay situaciones donde uno piensa que predica en el desierto, y otras donde lo anteriormente impensable pasa a convertirse en algo de “sentido común”.

Capitalismo vs socialismo. ¿Un debate en abstracto?

Ahora hagamos un pequeño viaje al pasado, y analicemos desde esta perspectiva materialista el enfrentamiento ideológico capitalismo vs socialismo, que existió durante la llamada guerra fría.

Veamos la situación. Tras la segunda guerra mundial y la revolución china, la tercera parte del planeta vivía en sistemas políticos y económicos inspirados en los ideales socialistas. La aplicación de estas políticas llevaron al desarrollo económico más rápido jamás conocido, haciendo que países que eran fundamentalmente agrícolas le disputaran la hegemonía económica a las potencias industriales más desarrolladas. Rusia pasó de ser un país de campesinos pobres y analfabetos, a ser el primer país del mundo en poner a una persona en el espacio; en tan sólo unas pocas décadas.

¿Creemos de verdad que el debate que se vivía fuera de lo estrictamente académico, se centraba en cuestiones teóricas sobre lo acertado o no del marxismo como herramienta de análisis de la realidad? Lo que puso al capitalismo contra las cuerdas (ideológicamente hablando) no fue un ejército de comunistas con gran capacidad analítica o de palabra, sino la demostración de que las lógicas socialistas traían bienestar social real para las clases oprimidas.

Lejos de querer insinuar una supuesta inutilidad del debate teórico (algo que precisamente pretendemos fomentar en este blog), sí debemos entender que la gente de a pie no se convence con un gran argumento intelectual, sino con la demostración de que lo que tú planteas tiene la capacidad de resolver sus problemas reales. La existencia de un ejemplo real, de una alternativa a la sociedad capitalista, que no se trate de un pequeño experimento sino de un sistema por el que se rige la tercera parte de la raza humana, es lo que hacía fuertes los ideales socialistas también dentro de los países capitalistas. Es justo por esto que el colapso (con gran ayuda desde fuera) del bloque socialista, también supuso el desmoronamiento de gran parte de la izquierda en el resto del mundo. No fue una brillante ofensiva intelectual lo que llevo a tomar la idea del “libre mercado” como la única alternativa económica posible, sino la caída material de un modo de producción diferente al capitalista.

El capitalismo de “bienestar”

Si a la caída del referente revolucionario de la izquierda, le añades el “capitalismo de buen rollo” que se vivía en los países europeos, entendemos que reflotar el ideal comunista se vuelve una tarea que roza lo imposible.

Los estados de bienestar europeos fueron presentados como la supuesta demostración de que el capitalismo podría ofrecer tanto o mayor bienestar que el socialismo, y sobre todo, mayores niveles de riqueza. Sin embargo, este modelo de “capitalismo social” no era más que un parche, una pequeña tregua del capital en su guerra contra los trabajadores. Estos modelos deficitarios casi por necesidad, se sostenían también en gran parte gracias a la explotación que se ejercía sobre los países de la periferia (el también llamado tercer mundo), así como mediante la acumulación de deuda pública. Este hecho es lo que les hace ser insostenibles en el largo plazo, algo que por otro lado las clases dirigentes nunca quisieron, pues lo veían como una simple tregua que algún día debería de romperse.

Una vez derrotada la amenaza del bloque socialista, los capitalistas comenzaron a frotarse las manos pensando en cómo iban a desmontar/privatizar esos “jugosos” estados de bienestar. La caída del referente real de “otro modelo posible” supuso un duro golpe a las organizaciones de la clase trabajadora, lo que llevó a un claro debilitamiento de las mismas. Esta situación está siendo hoy aprovechada por las clases dominantes, cuyo único obstáculo hacia la privatización total son unos sindicatos desideologizados, mermados, deslegitimados, perdidos y confundidos, sin proyecto y sin saber de dónde les vienen los golpes.

Con la crisis… ¿hay más rojos, o es que meten más ruido?

En tiempos de crisis se reaviva el debate ideológico. Es una cosa lógica y normal, la gente no se cuestiona cómo funcionan las cosas hasta que éstas no dejan de funcionar. No es lo mismo plantear un debate en una situación de bienestar social, que hacerlo cuando el tema a debatir está afectando de forma directa y traumática a un grupo considerable de la población. Como ya decíamos, lo lógico es que la mayoría de la gente no se cuestione ninguno de sus “conocimientos/creencias” mientras esto no resulte necesario para usarlos en su vida cotidiana. Y es precisamente la crisis, la que ha provocado que el conflicto directo con el capitalismo, entre en la vida cotidiana de la gente. Las personas que pierden su casa, las que tienen que dejar sus estudios por falta de dinero para pagarlos, las que pierden su pequeño negocio, a las que les bajan el sueldo y pierden cobertura sanitaria…etc, a todas ellas les ha afectado de forma directa ese “libre mercado” del que tan bien pensaban antes.

Es entonces donde una parte importante de la sociedad empieza a cuestionar sus pensamientos sobre cómo funcionan las cosas, la economía, la política… todo eso que antes estaba tan ajeno comienza a ser lo que golpea contra los cimientos de sus vidas. La gente comienza a estar mucho más abierta a escuchar otras explicaciones diferentes sobre lo que está pasando, mientras el discurso de la izquierda que señala como culpables a las clases pudientes ya no resulta tan extraño como antes. Una realidad material tangible, como es el hecho de que se de un empobrecimiento generalizado de la población mientras la banca y las grandes empresas aumentan sus beneficios, hace bastante insostenible la idea de que “ya no existen las clases sociales” o de que “todos vamos en el mismo barco”.

“El capitalismo es una mierda, pero no hay alternativa”

La crisis avanza y se agudiza el conflicto entre clases, la gente visibiliza más a los verdaderos gestores del sistema (las grandes empresas financieras) y empiezan a comprender la perversidad del sistema. Sin embargo, una vida entera de adoctrinamiento ideológico pro-capitalista, junto con la falta de referentes de otros modelos posibles, hacen correr un sentimiento generalizado de indignación resignada. La incapacidad de imaginar una alternativa posible al sistema actual es una victoria ideológica mucho mayor por parte de las clases dirigentes, que el hecho de presentar su sociedad como la más deseable; la resignación puede llegar a ser un arma de control social más poderosa que la falsa sensación de felicidad.

Y es aquí donde debe entrar en nuestra reflexión la pregunta sobre cómo debemos articular nuestro discurso y nuestra propuesta política, partiendo de la realidad antes descrita. Como ya hemos comentado, de poco o nada sirve que nos lancemos a la calle a promulgar las invisibles cualidades de una futura sociedad socialista inexistente; sino que debemos convencer con hechos. Estos hechos deben ser la referencia de que otra forma de hacer las cosas no es solo deseable, sino posible en el corto y medio plazo. Estas acciones políticas pueden ir desde la aplicación de una medida desde un gobierno municipal que favorezca la democracia participativa en la gestión de un pueblo, hasta la creación de un banco del tiempo que ayude a solventar las necesidades de las personas paradas desde la auto-organización popular. Consiste en definitiva, en el desarrollo de acciones políticas y sociales que buscan el empoderamiento de las clases populares, la implantación de lógicas de gestión democrática frente a la antes incuestionable gestión de la mano invisible del mercado.

Por otro lado, la aparición de nuevos referentes anti-neoliberales en América Latina, también ha servido para darle un soplo de aire fresco a la izquierda en el resto del mundo. La aplicación de medidas en favor de lo público ha supuesto la mejora del bienestar de millones de personas en todo el subcontinente, algo que es palpable (más allá del bloqueo mediático) como una alternativa real a lo existente.

Y frente a esto los y las comunistas tienen dos opciones: La primera es la del dogmatismo purista, que se basa en la crítica intelectual a cualquier forma de acción política que no consista en la toma del poder por parte de un proletariado organizado bajo el ala del partido comunista. Y la segunda, que se centra en el intento de construir una contra-hegemonía en base a los conflictos concretos y la intervención en los procesos reales que se desarrollan en torno a la lucha de clases; mostrando un discurso basado en la demostración de que la aplicación real de políticas diferentes son posibles.

De momento, parece que la segunda opción empieza a resultar más efectiva.

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