Salgamos de las sedes, volvamos a los frentes

Para comprender la situación de la izquierda en la actualidad, como buenos marxistas, debemos analizar su historia más reciente.

Tras la segunda guerra mundial, la mayor parte del movimiento obrero de la Europa occidental y de la izquierda transformadora en general, se agrupó en torno al ideal del socialismo. Los partidos comunistas comenzaron a contar con el apoyo de grandes sectores de la sociedad, tal y como ocurrió en Francia, o en Italia, país en el que los comunistas llegaron a conseguir el 40% de los votos en unas elecciones.

El drama que supuso el conflicto bélico, y una vez desaparecida la amenaza del fascismo, produjo una “relajación” en la linea revolucionaria de estos partidos, pues el ideal de la revolución armada había perdido bastante apoyo entre la gente, cansada de tanta violencia. Este fue el caldo de cultivo para el surgimiento de eso que llamaron eurocomunismo. Si bien el caso español es especial, pues aunque no viviera las mismas condiciones estructurales que derivaron en el desarrollo de esta teoría, el PCE se vio fuertemente influenciado por esta perspectiva estratégica.

Los defensores de este planteamiento de acción política, totalmente contrario a la idea leninista de partido, planteaban que ya no era necesaria la revolución para que los trabajadores tomaran el poder. Partiendo del hecho de que los países europeos contaban con democracias avanzadas a nivel político (el caso de España es diferente, ya que vivía una dictadura), debían centrar su trabajo en el frente electoral para que, una vez llegados al gobierno, emprender la construcción del socialismo. La idea era clara, ahora que contamos con un gran apoyo de la gente y que tenemos garantías democráticas, tenemos que centrarnos en lograr el poder por esa vía.

Esta nueva estrategia implicaba una nueva forma de organizarse, a diferencia del modelo planteado por Lenin (donde el partido era un punto de encuentro y coordinación de revolucionarios que venían desde diferentes frentes de lucha), el modelo eurocomunista plantea un partido “de masas”, buscando que se convirtiera en el referente de la clase trabajadora, desplazando así (y ocupando su lugar) a la social-democracia tradicional.

Este nuevo planteamiento también significa una reorganización de los frentes de trabajo. Antes los y las comunistas se organizaban fundamentalmente a través de células o colectivos en su frente de trabajo, es decir, en torno al conflicto laboral; ahora comienzan a organizarse por territorios, es decir, en torno a las circunscripciones electorales. La lógica de lucha se transforma así en una lógica electoralista de búsqueda de votos, militantes de carnet que no participan en las decisiones internas del partido ni están insertos en una lucha con una estrategia determinada. Se impone la idea de que cualquier lucha debe estar liderada por el partido comunista, dentro del cual, deben encontrarse todos los activistas sociales de la izquierda.

L@s comunistas fueron dejando las calles y ocupando los parlamentos, y como la mayoría absoluta soñada nunca llegaba, arrancaban poco a poco derechos para los trabajadores a la clase dominante. Esta salida de los frentes de lucha junto con las mejoras conseguidas gracias a las reformas, hizo que la conflictividad social bajara a límites históricos; y esto lejos de resquebrajar al sistema capitalista, no hizo sino darle estabilidad.

Es así como l@s comunistas abandonaron las calles y se encerraron en las sedes. La teoría marxista, que se basa en la idea de que la mejor forma de ampliarla y mejorarla es a través de la experiencia acumulada en las luchas, se quedó estancada; y dejó de responder a los nuevos conflictos sociales que comenzaban a aparecer. La cuestión ecológica, la cuestión de género y todas las cuestiones que comenzaron a poner en valía los movimientos sociales de los 60 y 70, no entraban dentro de la lógica electoralista del PC, y su marxismo anquilosado (centrado en la cuestión laboral) tampoco servía de marco teórico para dar respuesta a las nuevas preguntas.

Es justo aquí cuando podemos decir que comienza un cisma importante dentro de la izquierda, entre los nuevos movimientos sociales, y la izquierda “tradicional”. Una más centrada en la cuestión cultural, creativa e innovadora pero sin capacidad de generar movimientos que planteen una seria superación del sistema. La otra, centrada en el ámbito laboral, falta de ideas y consumida por una lógica electoralista.

En los años 90, la caída del bloque soviético supuso un duro golpe a la izquierda tradicional; tan fuerte que no volvería a asomar cabeza hasta dos décadas más tarde. El brutal ataque ideológico sobre el ideal del socialismo hizo a l@s comunistas perder gran parte de la legitimidad ante la gente, y ahora, sin ser referentes electorales y sin tener una estructura insertada en los frentes de lucha, nos escondimos en las sedes. Todavía convalecientes del golpe, intentamos seguir haciendo lo que sabíamos, seguir a duras penas bajo la lógica electoral.

Por otro lado, los nuevos movimientos sociales tomaron el relevo; como no había nadie, ell@s ocuparon las calles. Sin embargo, estos movimientos no lograban dotarse (o tal vez nunca quisieron) de una estructura permanente en el tiempo y que propusiera una alternativa real al sistema capitalista. La teoría crítica se desarrolló mucho, y muchos marxistas “heterodoxos” supieron hacer lo que Marx hizo en su tiempo, mejorar su teoría gracias a nuevas aportaciones de diferentes corrientes de pensamiento que no tenían que corresponder exactamente a su cosmovisión del mundo.

Como siempre, el avance de las condiciones estructurales de una sociedad conlleva transformaciones en la esfera político-cultural, y eso podemos comprobarlo con la actual crisis. La situación de conflictividad social está obligando a todas las fuerzas de la izquierda a reinventar las relaciones entre ellas. El brutal ataque ejercido actualmente por parte de clases dominantes nos obliga a colaborar, y esa unidad en la lucha resulta fundamental para derribar nuestros prejuicios. Ni unos son grises burócratas en busca de hacer carrera política y vivir del cuento, ni los otros son hipis idealistas incapaces de plantear alternativas reales.

Es por esto que las y los comunistas debemos volver a nuestros orígenes, volver a insertarnos en los frentes de lucha, volver a las calles. Lejos de caer en un proselitismo de partido que intenta aglutinar en su seno las luchas, debemos saber actuar como vanguardia de un frente amplio que pueda aglutinar a toda la izquierda transformadora. Nuestra labor no es acaparar las luchas, sino impulsarlas, agudizar las contradicciones del sistema y hacer hegemónico nuestro discurso, no nuestras siglas.

El partido comunista debe volver a ser ese punto de encuentro de revolucionarios de todos los frentes, que intenta desarrollar una estrategia que logre unificarlos todos para la superación del sistema.  El partido es el que ayuda a coordinar las luchas y elevar el nivel de conciencia de las clases populares, es desde donde reflexionamos sobre las mejores estrategias de cara a los procesos de lucha; y es por esto que resulta fundamental que volvamos a amoldar nuestra organización a la situación, y que nuestros principales espacios de trabajo sean los frentes de lucha, y no tanto los despachos de las sedes y las ruedas de prensa.

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