Sobre izquierdas y derechas

En los tiempos de crisis ideológica y política, aquellos en los que la institucionalidad vigente comienza a perder la legitimidad de la que gozaba hasta el momento, las herramientas teóricas con las que normalmente analizamos las cuestiones políticas entran también en crisis.

Un ejemplo claro de esto es cómo los conceptos de “izquierda” y “derecha” parecen dejar de ser útiles para describir los posicionamientos de los partidos (especialmente los de nueva creación), e incluso comienzan a generar cierto rechazo. “No somos ni de izquierdas ni de derechas, esas son cosas del pasado, nosotros somos algo nuevo”.

Ante esta situación conviene hacer un pequeño recorrido histórico, y volver al origen de estos conceptos, que a pesar de ser imprescindibles en el debate político cotidiano, no muchos conocen. Volvamos pues la vista hacia los tiempos donde la sangre de los oligarcas mojaba las calles de París, los tiempos de la Revolución Francesa. En aquellos tiempos donde la democracia se abría paso a duras penas, y donde se convocaban los primeros parlamentos (eso sí, con un sufragio censitario, es decir, que sólo votaban los que disponían de un nivel concreto de renta) es donde nacen los conceptos que más tarde serían cardinales a la hora de entender un posicionamiento político.

En la parte derecha del parlamento se sentaban los representantes de la nobleza, es decir, los sectores privilegiados de la sociedad que reaccionaban ante la oleada revolucionaria. Sus posicionamientos eran claramente contrarrevolucionarios y buscaban mantener el “status quo”, o incluso, volver a los privilegios que la revolución ya les había arrebatado. En la parte de la izquierda, se sentaban los sectores más progresistas, aquellos que querían seguir profundizando el proceso de transformación social e intentando eliminar los privilegios de la nobleza y el clero. Es así como llega al lenguaje cotidiano que los planteamientos de “la izquierda” eran los que buscaban transformar las cosas hacia una mayor igualdad, mientras los de “la derecha” eran más conservadores e incluso reaccionarios.

Partiendo entonces de esta idea, no resulta muy difícil la conclusión. La derecha son aquellos que defienden que las cosas deben quedarse como están, o incluso volver a como eran antes, especialmente defendiendo los “beneficios” de la desigualdad (justicia divina, mandato de Dios o la idea de que promueve el progreso y la superación personal); mientras que la izquierda defiende la transformación de las cosas hacia un modelo más igualitario, tanto a nivel legal como social y económico.

Sin embargo, para la gran mayoría de la población estos conceptos no vienen a representar eso exactamente, ¿pero porque? Fundamentalmente porque ven que los partidos que se autodenominan de izquierdas o de derechas, comienzan a tener comportamientos y planteamientos muy parecidos (PPSOE) y hasta un discurso muy poco diferenciado. Y es más, porque bajo la idea aristotélica de que “los extremos son siempre negativos” y que “en la moderación está la virtud”, los partidos mayoritarios comienzan a desplazarse hacia el llamado “centro político”.

Este viaje hacia el centro, que se plasma en la implantación de un pensamiento único con ligeros matices, que tan sólo busca la mejor gestión del capitalismo y abandona los ideales políticos entendidos como proyectos de sociedad, lleva a un desencanto generalizado de la gente con la política. Ni la llamada “izquierda” ni la denominada “derecha” logran solucionar los problemas de la ciudadanía, mientras se turnan en el poder sin introducir grandes cambios, lo que lleva a la gente a pensar “ni la izquierda ni la derecha han sabido mejorar la situación”. Estos conceptos dejan de responder a formas de entender la política (en favor de “la tradición” o en favor de una mayor igualdad), para ser representaciones distorsionadas de partidos concretos que tiempo atrás abandonaron sus ideales políticos originarios.

Esta distorsión lleva a algunos a defender posturas absurdas y contradictorias del tipo “hay que coger los elementos buenos de la izquierda y los elementos buenos de la derecha”. ¿Es que acaso se puede luchar en favor de los privilegios y en contra al mismo tiempo? ¿Se puede defender al mismo tiempo al amo y al esclavo? Es por esto que resultaba curioso como el 15-M se definía como un movimiento “plural” donde cabía gente de izquierdas o de derechas, cuando sus reivindicaciones eran claramente de izquierdas; pero si sabemos leer entre lineas, nos damos cuenta de que lo que realmente querían expresar es que no se sentían parte de ese binomio PP-PSOE, y que lo que buscaban era nuevas formas de entender la política más allá de este encorsetado régimen bipartidista del que no parecía existir alternativa.

Aun así, esta confusión teórica y de conceptos no deja de ser peligrosa, pues como dice el refrán “a río revuelto, ganancia de pescadores”. Y para plasmar esto, podemos poner otro ejemplo histórico, el ascenso del fascismo.

En los años 30, las “democracias” occidentales comenzaban a entrar en una crisis de legitimidad tal y como se está viviendo ahora. Los grandes partidos democristianos y socialdemócratas no lograban solucionar los grandes problemas sociales que existían, y las posiciones “extremistas” comenzaban a tomar cada vez más peso. En mitad de este caos, nuevos movimientos comienzan a hacerse fuertes bajo un discurso nuevo, “no somos de izquierdas ni de derechas, somos un movimiento de renovación nacional, somos la tercera vía”, el fascismo. Desde una perspectiva histórica, cualquier persona con dos dedos de frente encuadra al fascismo en la extrema derecha, pues estos regímenes demostraron que no eran otra cosa que la cara más brutal del capitalismo y que, a pesar de su lenguaje obrerista, no hicieron sino acrecentar los privilegios de los sectores más acomodados. Sin embargo, para la época eran un elemento nuevo que prometía renovación y que rompía con los viejos esquemas de “izquierda y derecha”. Para algunos tenían los elementos “buenos” de la derecha (moralidad, defensa de la nación) y elementos buenos de la izquierda (defensa de los obreros, un discurso de protección social y colectivismo).

Ahora nos podemos preguntar, ¿existe en la actualidad algún movimiento parecido? Vivimos una crisis de la política tradicional y de los viejos partidos, y parece que este discurso de “ni de izquierdas ni de derechas” vuelve a estar en la palestra. ¿En manos de quien? Para cualquier persona que siga la política nacional en profundidad la respuesta es clara, de manos de UPyD (Unión progreso y democracia). Este partido que en el imaginario colectivo se encuentra en el centro político, entre el PP y el PSOE, que dice no ser de ninguna ideología, sino que está a favor de una “renovación democrática” no demasiado clara, representa el lugar que ocupó el fascismo el siglo pasado.

Quienes se quedan en los elementos puramente folclóricos no son capaces de ver estos rasgos en esta fuerza política; no ven desfiles de corte paramilitar, ni lenguaje que incite al odio, y el color rosa no es un color que recuerde precisamente al fascismo. Sin embargo, si analizamos en profundidad el papel que están teniendo vemos claras analogías. Un discurso nacionalista (recordemos que Rosa Díez se salió del PSOE por criticar su “blandeza” con el nacionalismo catalán y vasco), apoyado en un discurso populista (sobran políticos, los funcionarios cobran demasiado) y la promesa de una renovación fuera de los marcos tradicionales de entender la política, lo que lleva a lo que el fascismo fue capaz de hacer en su tiempo, conseguir el apoyo tanto de elementos de la derecha tradicionalista como votos tradicionales de la izquierda. Por otro lado, el hecho de que líderes históricos de Falange hayan apoyado públicamente a UPyD declarando que son lo que más se parece al “falangismo original” es otro elemento clave que nos induce a pensar esta fuerza política como una extrema derecha disfrazada de rosa y “sentido común”.

Es por esto que, aunque resulta necesario replantear las formas de hacer y entender la política, sí debemos de tener claro quienes representan a los privilegiados (la derecha), y quienes a los oprimidos (la izquierda); pues la confusión actual sólo puede beneficiar a quienes tienen una mayor capacidad comunicativa y mediática, y a no ser que las tornas hayan cambiando mientras escribo este artículo, creo que siguen siendo los empresarios quienes gozan de este privilegio.

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