Ernesto Alba, un leninista para liderar el PCA

Estamos ya llegando al final de nuestro proceso congresual y, lo cierto es que, según avanzamos en el XII Congreso del PCA, cada noticia y cada documento que llega a mis manos me ilusiona más, y me gustaría explicar por qué:

  • Los retos que nos marcamos

Los documentos congresuales plantean tres elementos clave que, desde mi punto de vista, son fundamentales:

  1. Un partido leninista y sectorial: Declarando claramente una estrategia de ruptura con el régimen, y adecuando su estructura interna en torno a los conflictos y no en torno a territorios electorales.
  2. Hacia la feminizacion del partido: Haciendo de la lucha contra el patriarcado una prioridad estratégica y desarrollando dinámicas organizativas que permitan luchar contra el machismo, también dentro del partido.
  3. Recuperar las plenas competencias del partido y avanzar hacia el centralismo democrático

Tres grandes ideas que necesitan de una revolución en la cultura organizativa del partido si queremos llevarlas a cabo. Un cambio en la forma de hacer las cosas que ya hemos empezado a poner en práctica.

  • Recuperando el leninismo frente al “marxismo-cafelismo”: Más allá del folclore, una nueva forma de trabajar

Otro elemento novedoso en este congreso ha sido la constitución de una comisión que pretendía negociar la conformación de la nueva dirección en torno a criterios políticos, y no exclusivamente territoriales y personales.  Se ha constituido oficialmente una comisión de candidaturas que ha llamado a sentarse a aquellos sectores del partido que han demostrado llevar la iniciativa para formar parte de la nueva dirección; donde antes de hablar de nombres se ha querido hablar de las prioridades políticas, organizativas y métodos de trabajo de los que deberá dotarse el próximo órgano que dirija nuestro partido.

La comisión de candidaturas ya no es alguien de la dirección correteando por el salón del congreso con una lista en la mano y negociando cupos de personas con los representantes provinciales. Por el contrario, ha mantenido importantes debates a lo largo de varias reuniones cuyas conclusiones y acuerdos han sido públicas y enviadas a la militancia.

Es evidente que queda mucho camino que recorrer, y habrá que seguir afinando estas herramientas para garantizar la plena participación de la militancia, pero parece que poco a poco vamos abandonando las dinámicas que en otro artículo definí como “marxismo-cafelismo”.

  • Los cuadros que necesitamos para el Partido que queremos

Hace poco leí un artículo que hablaba sobre la necesidad de tener a “pegacarteles” en la dirección del partido; no visto como algo negativo sino todo lo contrario, como el símbolo del militante de base que más sabe sobre lo que supone el trabajo cotidiano de la mayoría de la militancia. Y estoy absolutamente de acuerdo, necesitamos dirigentes que hayan estado en el día a día del trabajo militante, que conozca sus capacidades, sus problemas y sus potencialidades desde una perspectiva realista. Necesitamos cuadros dedicados al 200% al re-impulso organizativo del partido, dedicándose en cuerpo y alma a la revolución organizativa que necesitamos; más preocupados en ir a explicar la linea política y los métodos de trabajo a las agrupaciones que en ser imagen mediática o cargo público.

Porque cambiar la forma en la que hacemos las cosas, tanto para lo interno como para lo externo, no es algo que pueda realizarse por decreto estatutario, ni se logra enviando circulares a las agrupaciones. Es necesario aplicar lo que decía Álvaro Cunhal, que “dirigir no es mandar, ni comandar, ni dar órdenes, ni imponer. Es, ante todo, conocer, indicar, explicar, ayudar, convencer, dinamizar.” Que “una cualidad esencial en un dirigente comunista es la conciencia de que siempre tiene que aprender, siempre tiene que enriquecer su experiencia, siempre tiene que saber escuchar a las organizaciones y los militantes que dirige.”

Necesitamos gente en la dirección que haya currado desde la base, pero sobre todo necesitamos que también sean constructores de partido. Que tengan claro el partido que tenemos hoy, y hacia el que debemos ir; que tengan tiempo y ganas de recorrerse Andalucía sin descanso para poner a andar a un partido al que todavía le falta músculo organizativo. Que sean pedagógicos y empáticos, y exijan una disciplina consciente hacia los acuerdos de los órganos.

Para mi, y sin menospreciar en absoluto la capacidad de otros camaradas, ese perfil lo cumple perfectamente el camarada Ernesto. ¿Y por qué? Porque es un cuadro político todo-terreno.

Porque sus años en la juve le enseñaron cómo hacer pancartas y organizar pegadas, le enseñaron a intervenir en frentes y movimientos sociales como militante de base. Porque también aprendió a organizar a sus camaradas desde estructuras debilitadas, en constante reflexión por mejorarlas y hacerlas útiles. Porque allí aprendió a dirigir una organización bajo los principios del centralismo democrático con los valores que nos enseñó Cunhal.

Y porque Ernesto no sólo sabe de activismo, también sabe sobre cómo deben actuar los comunistas en las instituciones. Su experiencia como concejal de Conil le hizo conocer los límites de las instituciones burguesas, pero también sus grietas, desarrollando presupuestos participativos desde el gobierno municipal, haciendo en la práctica eso tan teorizado de “ser fuerza de calle y de gobierno”, pero que pocos han sabido aplicar desde la lógica del poder popular.

Ernesto no es ningún “torpedo del viejo aparato que mandan desde IU para controlar al PCA”. Él ha sido uno de tantos cuadros promocionados desde la UJCE leninista que el partido no supo aprovechar, una de tantas comunistas con una gran formación política, capacidad de trabajo y cultura organizativa que no entraba en los órganos de dirección del partido por no tener “influencia”, es decir, por no tener un pequeño ejército de delegados territoriales a su espalda con el que exigir su cupo en los órganos.

Los que seguíamos en las Juventudes Comunistas veíamos con cierta frustración como se formaban grandes cuadros comunistas que acababan como afiliados al PCE sin tarea alguna, sin que sus capacidades fueran reclamadas por un partido que parecía sentirse cómodo en su inactividad como tal. Salvo contadas y heroicas excepciones, vimos como todo ese potencial político y humano sólo era reclamado desde los órganos de IU, que los requerían como cuadros técnicos porque “estos chavales curran bastante bien”.

Por eso, me resulta tan gratificante su candidatura a la Secretaría General del PCA. Porque ya va siendo hora de que el PCE llame a filas a sus cuadros leninistas, formados durante todos estos años con la finalidad de reconstruir nuestro partido y hacerlo una herramienta útil para la lucha de nuestra clase.

  • Un debate constructivo que nos permita avanzar

Veo a grandes camaradas defender diferentes candidaturas para este congreso, todas y todos muy necesarios para este gran proyecto de reconstrucción. Nos merecemos un debate sano y sincero más allá de las caricaturas que se hacen del otro y que suelen estar presentes en este tipo de procesos.

Veo camaradas indispensables apoyando candidaturas diferentes a pesar de que políticamente parecen defender prácticamente lo mismo, por lo que resulta un poco frustrante no haber podido lograr, hasta ahora, una candidatura de unidad para la necesaria revolución organizativa. También veo que ninguna de las dos está exenta de contradicciones.

Sólo espero que esta división momentánea pueda generar una posterior unidad en el trabajo a la hora de aplicar lo acordado en este congreso, que juntos podamos superar las contradicciones y seguir avanzando hacia el partido leninista que queremos, construyendo equipos, transformado al partido en una herramienta de lucha bien afilada.

 

 

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Carta abierta de un militante a la dirección del Partido Comunista de Andalucía: El Partido se construye desde abajo

Esta mañana me llegó a mi correo electrónico una carta abierta a la ciudadanía de Antonio Romero, presidente honorífico del Partido Comunista de Andalucía. Al principio todo parecía normal, dado que el camarada Romero suele enviar por este medio sus reflexiones sobre la actualidad política, las cuales son siempre de agradecer. Por lo general siempre he sido muy fan de sus intervenciones en los órganos del partido, llenas de anécdotas que, a pesar de su tono jocoso, están llenas de sabiduría.

Sin embargo su última carta no ha podido causarme más decepción; y no precisamente por su contenido, sino porque demuestra ser el síntoma de una cultura política interna viciada y
antidemocrática. Y es que resulta que el camarada Romero nos envía una carta encabezada por el logo del partido (como si fuera un documento oficial) y firmada en calidad de Presidente de honor del partido, en la que muestra su apoyo a la candidatura de Elena Cortés a la Secretaría General. Más allá de lo que supone romper con la neutralidad que debería tener un cargo honorífico, al menos en el uso del mismo, lo que más llama la atención es ver a una persona apoyar una candidatura que, a día de hoy, no se ha presentado ni al público ni a la militancia del partido. Y es que todo apunta a que una vez más la propuesta de dirección no nace como parte de un debate entre la militancia, una vez más no se permite a las agrupaciones de base poner en valor a sus propios cuadros políticos forjados en el trabajo cotidiano de las comunistas.

Sin entrar a profundizar en las reticencias que personalmente tengo frente a dicha candidatura(como la contradicción que supone declarar la necesidad de un partido volcado en el conflicto social y la calle, pero dirigido por personas que llevan décadas siendo cargos públicos), creo que es necesario poner en evidencia la cultura del “marxismo-cafelismo” que existe a día de hoy en la dirección del partido. Una cultura de irrelevancia orgánica y primacía de los espacios informales, de decisiones tomadas en el bar frente a la sede, una cultura donde la militancia no forma parte de la toma de decisiones, sino que “es consultada” con cierta periodicidad ante decisiones ya tomadas de facto. La cultura de convocar “el almuerzo de los barones” para llegar a acuerdos de forma previa a que se convoquen los órganos del partido, que pasan a ser simples teatros donde representar una liturgia que dice lo que la militancia quiere oír, para después hacer otra cosa distinta.
Durante los dos años en los que formé parte de la dirección del PCA, en representación del cupo de la Juventud Comunista, pude ser testigo directo de cómo muchos acuerdos del partido quedaban en papel mojado, de cómo algunos de los principales dirigentes que públicamente apoyaban acuerdos declaraban en privado su disconformidad con los mismos, y desarrollaban una práctica política contraria a lo acordado. Durante todo ese tiempo no me perdía una sola reunión, y sin embargo, tenía la sensación de que no me enteraba de la mitad de las cosas. ¿Como era eso posible? Si estaba presente en todos los órganos… ¿por qué siempre tenía la sensación de que iba dos pasos por detrás? ¿Por qué había gente que sin pertenecer a la dirección disponía de más información que yo, que acudía sin falta a cada convocatoria de reunión?

Siendo honestos, no pretendo achacar estos déficits a “la maldad” de tal o cual dirigente; creo que lo más lógico es hablar de una cultura política que lleva décadas inserta en las dinámicas internas del partido, de una inercia que parece atrapar a cuantos llegan a espacios de dirección, salvo contadas excepciones de quienes (como los cuadros que provienen de la UJCE, o de los movimientos sociales) han podido desarrollarse políticamente en espacios con dinámicas más participativas.
Es por eso que me dirijo a vosotras y vosotros, camaradas, porque acabar con estas dinámicas es una tarea pendiente, no para la próxima dirección, sino para cada militante del partido. El próximo congreso es una oportunidad magnífica para recuperar un partido verdaderamente útil para la lucha de la clase trabajadora, dispuesto a ser una herramienta de lucha y organización popular, superando esta fase de “grupo de presión en IU” que no parece terminar nunca. Se trata de que seamos conscientes de que tenemos un duro reto por delante, cambiar la forma en la que hacemos las cosas, reflexionar sobre cómo hacer que cada militante se sienta protagonista en la construcción del proyecto, sobre el papel de las direcciones y sobre la participación y control en la toma de decisiones.
Se trata en definitiva, de iniciar una revolución cultural a lo interno del partido. Un cambio en la metodología interna que nos permita ser una herramienta útil para intervenir en la sociedad. Y aunque como ya se ha comentado esta no puede ser una tarea exclusiva de la próxima dirección, el papel de la misma resultará clave en el éxito o fracaso de esta más que necesaria revolución organizativa; por lo que en conclusión, sólo me queda decir que esta dura tarea no podrá completarse bajo una dirección prefabricada bajo las mismas lógicas oscurantistas que venimos sufriendo desde hace años.
Nuestro partido está lleno de mujeres y hombres de gran capacidad política, ya va siendo hora de que les demos una oportunidad y renovemos la dirección como paso previo y necesario a la construcción de un verdadero partido revolucionario con la mente puesta en la construcción del socialismo, y no sólo en la próxima iniciativa parlamentaria.

Camarada Antonio, desde el aprecio que te tengo, he de decirte que al contrario de lo que expresas en tu carta, Elena Cortés no es “nuestra candidata”. Puede que sea la tuya y estás en tu derecho, pero “nosotros”, la militancia del PCA, no hemos participado en ese debate que para algunos parece que se ha cerrado antes de abrirse.

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Los irresponsables obstáculos a la Unidad Popular

Puede que no haya consigna revolucionaria más aceptada que la de “el pueblo unido, jamás será vencido”. Igualmente aceptada es la idea de que el enemigo basa su victoria en el “divide y vencerás”. Entonces cabría preguntarse… ¿qué carajo nos pasa a las personas y organizaciones que luchamos por los derechos de las clases populares? ¿Qué es lo que nos impide unirnos contra un enemigo que, a pesar de ser minoritario, está fuerte y cohesionado en sus objetivos de saqueo y explotación?

La historia nos ha demostrado que, cuando las clases oprimidas nos unimos para luchar juntas, la sociedad avanza y se transforma. Y sin embargo esta enseñanza tan aparentemente evidente, no se ha llevado a la práctica tantas veces como se debería.

La unidad popular, una necesidad histórica para las oprimidas

Vivimos un momento histórico de cambios importantes, lo que desde el marxismo hemos venido a llamar crisis del bloque histórico. El modelo social y económico vigente que mantenía altos niveles de consenso social (lo que hemos venido a llamar Estado de Bienestar), está absolutamente agotado y se vuelve inviable dentro de los marcos de una economía capitalista. El “acuerdo social” (que tiene poco de acuerdo y mucho de imposición) se vuelve inviable y caminamos hacia un punto en el que se nos ofrecen dos opciones: Reconfigurar el modelo social de tal forma que se sigan manteniendo los privilegios de unos pocos, o romper con lo anterior y generar una alternativa diseñada por y para las clases trabajadoras. Y ante esta situación, nos encontramos con unos privilegiados que ya han empezado a poner en marcha sus planes de re-configuración, y con unas clases oprimidas que apenas empiezan a darse cuenta de lo que está ocurriendo, intentando a duras penas articular respuestas a los ataques a sus derechos.

Y es precisamente ahora, a las puertas de unas elecciones generales en mitad de una crisis de régimen, donde el debate de la unidad popular comienza a darse más claramente con intenciones de llevarse a la práctica. Sin embargo, no son pocos los obstáculos para construirla, algunos de los cuales pasamos a describir:

– La izquierda identitaria: Proteger el tarro de las esencias

El apego a las siglas, la simbología y a todo tipo de elementos político-folclóricos es algo que ha caracterizado a buena parte de la izquierda post-soviética. Tras la caída del bloque socialista y el triunfo de la globalización neo-liberal, la ideología del “fin de la historia” se impuso académica y socialmente. Esto obligó a la izquierda política que no estaba dispuesta a entregar sus principios (como sí hizo la social-democracia) a adoptar una lógica de “resistencia”, muy apoyada en una nostalgia por los logros conseguidos en el pasado, y ahora desaparecidos. Defender a muerte lo que resiste y mantener bien alta la bandera para demostrar que seguimos existiendo a pesar de haber sufrido una derrota importante, parecía ser la consigna implícita y necesaria para mantener algo organizado que pudiera seguir poniendo en cuestión al sistema capitalista.

Una parte importante de la militancia de la izquierda se ha socializado políticamente más bajo esta lógica de “resistencia/identidad”, que en los nuevos espacios de lucha que aparecieron especialmente potenciados tras el fenómeno del 15-M. Y este es uno de los factores que explica la resistencia de buena parte de la izquierda organizada a renunciar a su lenguaje, modelos organizativos, estrategias comunicativas…etc. Una izquierda forjada en la resistencia, acostumbrada a que los llamados a “la renovación” se hicieran por parte de sectores ligados al poder, y con la única intención de hacerla desaparecer como “núcleo duro” de resistencia abiertamente anti-capitalista. Una izquierda, a la vez limitada por esa mentalidad a la constante defensiva, que no ha sabido dotarse de herramientas para el momento de la ofensiva política e ideológica.

– Podemos: Un reloj suizo para ganar las elecciones

Pablo Iglesias lo dejó claro en uno de sus discursos del debate congresual de Podemos, haciendo referencia a la metáfora de un partido de baloncesto al que apenas le quedan unos segundos para terminar. El objetivo es ganar las elecciones y necesitamos un equipo de dirección cohesionado que no tiene por qué ser plural y representativo de las bases, sino eficiente y diligente en la puesta en práctica de una estrategia que entienden suficiente para ganar. No hay tiempo para afrontar debates políticos internos más allá de debatir la propuesta A o B en un referéndum telemático. La dirección política debe funcionar como un reloj suizo que dedique todo su esfuerzo a una política comunicativa enfocada hacia lo externo; con un mensaje único pero lo suficientemente ambiguo y “flotante” como para que diferentes sectores puedan sentirse identificados con él.

Los tiempos del debate orgánico democrático no cuadran con los tiempos de la agenda mediática, y un proyecto político que se basa principalmente en una estrategia comunicativa tiene que saber dar respuesta oficial a todo en cada entrevista para el telediario o participación en tertulia. Se trata de una dirección de personas expertas en comunicación política adaptada a la nueva realidad social, que logra grandes avances gracias a la dictadura del argumentario. Herramienta fundamental cuando tu principal lucha política se centra en construir un relato de “la actualidad” que sea favorable a tus propuestas políticas.

Hay que reconocerlo, han construido una herramienta política de gran calidad. Extraordinariamente eficaz a la hora de trabajar en la consecución de sus objetivos. Y su objetivo no es otro que canalizar el heterogéneo y contradictorio descontento social en una candidatura “por el cambio” que les lleve hasta los despachos de la Moncloa. El problema será comprobar si es una herramienta válida para lo que vendría después en caso de salir ganadores en unas elecciones; algo que tampoco está garantizado por muy eficaz que sea su estructura.

– Los egos: “Me lo merezco” vs “¡Abrid paso, perdedores!”

Por último, aunque no por ello menos importante, esta el problema de los egos. Por un lado nos encontramos a personas que llevan toda una vida haciendo un trabajo político de hormiguita, con la sensación de estar predicando en el desierto. Son de las que mantuvieron alzada la bandera del pensamiento crítico en tiempos de dictadura del pensamiento único y de estabilidad del régimen. Personas que aguantaron “la travesía por el desierto” y que, por lo tanto, entienden que deben ser las protagonistas ahora que se pueden recoger los frutos de tanto esfuerzo. Egos alimentados por la vanidad o la sensación de que se comete una injusticia al no reconocer públicamente su esfuerzo, y que no son capaces de darse cuenta de que la mayor recompensa sería ver cumplidas sus aspiraciones políticas como clase social, y no como persona individual.

En el sentido contrario, aunque no por ello menos afectadas por la vanidad, nos encontramos a las “nuevas incorporaciones a la lucha”. Personas que, o por desconocimiento o por ganas de generar un relato interesado, achacan la falta de éxitos anteriores a “la incompetencia de la izquierda” y que explican los avances políticos actuales en base a una estrategia “novedosa” y diseñada “para ganar”. Planteamientos que obvian las diferencias de contexto, y que por tanto, las victorias políticas y sociales se explican exclusivamente por una cuestión de voluntad. Bajo esta premisa, argumentan que “las de antes” tienen poco que aportar, que tienen mentalidad perdedora y no están capacitadas para encabezar una alternativa política ganadora. “Que se aparten los perdedores, ha llegado la generación más preparada de la historia y es mejor que os echéis a un lado”.

Ni egos, ni relojes suizos, ni tarros de esencias. Vasto, heterogéneo e impredecible poder popular

Ahora imaginemos que somos capaces de superar las barreras que suponen culturas políticas diferentes, y que somos capaces de dejar a un lado nuestros egos personales para construir una candidatura de unidad popular de cara a las elecciones generales. Imaginemos que la izquierda tradicional y los nuevos actores políticos y sociales son capaces de confluir en una candidatura que sea capaz de disputar la hegemonía institucional al bipartidismo. ¿Sería esto una verdadera Unidad Popular? La respuesta es clara: No, más bien sería un paso importante para construir una verdadera unidad popular. ¿Y por qué? Porque la unidad popular no es sólo la unión de las fuerzas políticas y sociales organizadas que luchan en pos de los intereses del pueblo; la unidad popular es la unión del pueblo organizado. Algo que no significa que la mayor parte de la gente deba organizarse en partidos políticos, sino que debe organizarse en la defensa de sus intereses en todos los ámbitos de su vida: el puesto de trabajo, el barrio, el centro de estudios, el bloque de vecinos o la propia casa.

Para cambiar las cosas de verdad no basta con tener una maquinaria diseñada para ganar las elecciones, necesitamos un vasto movimiento popular para tomar el poder. Porque como ya es sabido, tener el gobierno no es tener el poder; y si no, que se lo digan a Allende. ¿O es que acaso pensamos que si ganamos las elecciones, la oligarquía y sus poderes fácticos se van a dar por vencidos y van a “entregar sus armas”? ¿Cómo pensamos resistir a sus ataques mediáticos cuando decidan quitarnos esa pequeña cuota de pantalla, si no tenemos a nuestra gente en el barrio dando nuestra versión de las cosas en bares, plazas y mercados? ¿O es que acaso pensamos que podemos luchar contra un sistema que abarca desde el organismo supranacional más importante hasta nuestra cotidianidad más cercana, con las simples herramientas institucionales que ese mismo sistema ha diseñado para su propio beneficio? La lucha por el cambio, o mejor dicho, por la transformación social, no es sólo una batalla que se de en el ámbito institucional; se trata de miles de batallas que hay que librar a nivel político, económico e ideológico. Lo que significa que no puede haber unidad popular completa, sino está respaldada por un verdadero poder popular.

Un poder popular que por necesidad tiene que ser heterogéneo y a veces conflictivo, que aprenda a pensar la política desde su cotidianidad y su lucha concreta día a día, aunque tenga aspiraciones históricas. Un poder popular que no sigue una hoja de ruta, sino que la construye, la debate y la modifica en base a lo que aprende. Que es impredecible, no en el sentido de caótico, falto de cohesión o de rumbo. Impredecible como lo es el destino de un pueblo que se dispone a construir una sociedad diferente que aún no existe, pero que aspiramos a crear en torno al debate colectivo, y enfocado a cubrir las necesidades y alcanzar las aspiraciones de una mayoría social que hasta ahora, no ha tenido la oportunidad de participar en el diseño de la sociedad en la que vivía.

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Queremos ser las imprescindibles

Un viejo comunista alemán, llamado Bertolt Brecht, decía que hay personas que luchan un día y son buenas, otras que luchan una semana y son mejores, otras que luchan un año y son muy buenas, pero que hay otras que luchan toda una vida, y esas, son las imprescindibles. Si hay algo que nos debe caracterizar a las comunistas, es esa intención de convertirnos en imprescindibles. Pero no desde la óptica del reconocimiento ajeno de nuestra labor incansable, sino desde la visión del compromiso con una necesidad histórica, que no es otra que liberarnos como clase de las cadenas del patriarcado y la explotación capitalista.

El marxismo, el materialismo histórico, son las herramientas teóricas que nos permiten comprender que las luchas de hoy están conectadas con las de ayer y con las de mañana; son las herramientas que nos permiten ver el conflicto concreto de ahora, dentro de un marco de conflicto general contra un sistema económico, social y político que se desarrolla a lo largo de procesos históricos de gran calado y complejidad. Esta visión histórica nos invita a analizar la realidad social desde el rigor metodológico, y no desde el constantemente cambiante “sentido común”, tan interesadamente modificado por las clases dominantes y sus creadores de opinión. Nos permite abstraernos de las “pasiones” coyunturales, y dejarnos llevar menos por la euforia en las victorias así como caer menos en el desánimo de las derrotas. Entendemos que, aunque existen oportunidades históricas que no debemos desaprovechar, nuestra lucha es una carrera de fondo que no acaba hasta la desaparición de la sociedad de clases y el patriarcado.

Es cierto que muchas personas nos acercamos a los ideales revolucionarios y a la acción política guiadas por el romanticismo de los nobles ideales de la justicia social, o por la pasión e ilusión sentida en plena efervescencia de una lucha social concreta. Tal vez con la ingenua idea de poder vivir “la revolución” en un tiempo casi inmediatamente seguido a la repentina toma de conciencia individual, y desde la visión idealista de que el cambio social sólo depende de la simple voluntad colectiva de emancipación social.
Pero también es cierto que, una vez pasado el subidón de la huelga, o una vez desechada la idea de la revolución inminente, la ilusión decae y eso hace que muchas dejen de luchar.

Ahora cabría preguntarse, ¿pero por qué otras lo siguen haciendo? Una respuesta que podría explicarse por dos motivos fundamentales.

– El primero y principal es la profunda pasión por la transformación social. Una vez pasada la emoción inicial algunas personas pierden el interés; pero para otras, esa pequeña frustración les lleva a pensar que para cambiar las cosas es necesario tener un plan; pensarlo y ejecutarlo junto a otras que piensan igual que tú. Les hace organizarse junto a otras que han declarado que su objetivo es la superación de toda dominación. Esa pasión es la que te hace pararte a pensar detenidamente cual es la forma más efectiva de cambiar la sociedad; es la que te hace estudiar, debatir y aprender junto a otras.

– El segundo motivo, y totalmente ligado con el primero, es la visión histórica de la lucha social. Podríamos preguntarnos, ¿qué sentido tiene organizarse en torno a un objetivo claramente imposible de cumplir a lo largo de tu vida, como es superar todo sistema de dominación? Podríamos decir despectivamente que estas personas son unas ilusas, o románticas defensoras de causas perdidas; pero nada más lejos de la realidad. Lo que te hace seguir luchando es saber que no se trata de un objetivo individual sino colectivo, saber que muchas otras antes que tú aportaron su granito de arena a un proyecto histórico que responde a un sentimiento de profunda solidaridad: luchar ahora para que la próxima generación pueda ser más libre, o por lo menos, estar más preparada para luchar por su libertad.

¿Pero qué hicieron las pasadas generaciones, para que hoy la nuestra esté más preparada para luchar por la emancipación? La respuesta es sencilla: Hacernos llegar el conocimiento de su experiencia acumulada. Un conocimiento teórico basado en la praxis política, que supone una herramienta imprescindible en la lucha contra la clase dominante.

Podríamos ver a la organización revolucionaria como un cerebro colectivo, para el cual es tan importante mantener la memoria de lo ya vivido, como adqurir y procesar la información de lo recién experimentado. Dos aspectos que deben estar bien equilibrados, puesto que el predominio del uno sobre el otro puede llevar a comportamientos “erráticos”. Una organización volcada en su propia memoria, se consume por la melancolía y es incapaz de adaptarse a los cambios sociales; y una organización que no atiende a la memoria histórica para comprender y dar un sentido a lo vivido en el presente, está condenada a repetir errores del pasado y acude al combate sin un arma tan fundamental como es la experiencia.

Pero son pocas las personas que llegan a comprender la importancia de rescatar, guardar y aumentar la experiencia acumulada de las clases oprimidas. Son pocas las que comprenden que la batalla no sólo exigirá todos los años de su vida, sino también los de las próximas generaciones; y que por tanto no se desanimarán en caso de lograr pocos avances, pero que tampoco se conformarán en caso de lograr muchos. Una actitud que claramente es dificil de mantener en la época de la inmediatez y la velocidad, y no exenta de contradicciones y frustraciones.

Sin embargo, gracias a esta forma de entender la lucha social sientes el orgullo de saber que formas parte de ese ejército de luchadoras anónimas, que al igual que tú dedicaron su vida a una labor que sabían que no sería reconocida con sus nombres y apellidos, y que también al igual que tú, pudieron aprender de la teoría y la experiencia de los héroes anónimos que las precedieron, sabiendo valorar lo importante de acumular conocimiento para afinar el tiro en la lucha contra las clases dominantes.

El orgullo de sentir que eres parte de las imprescindibles.

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