La superioridad moral de la izquierda como obstáculo a la construcción de hegemonía

Es algo habitual escuchar a los tertulianos de derechas decirle a la gente de izquierdas que pretenden dar lecciones desde una falsa superioridad moral. Pero, ¿es esto cierto?

Hace unos años, con el surgimiento de Podemos, saltó el debate sobre los conceptos de “izquierda” y “derecha”; y hablando con un grupo de amigos no especialmente politizados, escuché a uno de ellos decir que “ser de izquierdas es pensar en los demás, es ser buena gente”. Me resultó curioso que, siendo de clase trabajadora e identificándose como gente de izquierdas, ninguno de ellos hizo referencia alguna a algo parecido a la lucha de clases; por el contrario, basaban gran parte de sus argumentos en cuestiones morales (solidaridad, empatía), y definían “ser de izquierdas” casi como un actitud individual, sin apenas hacer referencia a la acción colectiva.

Otro elemento curioso a tener en cuenta son los resultados que ofrece el CIS en las encuestas sobre autodefinición ideológica, según las cuales, la mayor parte de la ciudadanía española se define como de “centro-izquierda”.

Muchas expertas en sociología defienden que cuando alguien es encuestado sobre cuestiones de opinión, tiende a responder lo que entiende que “debería responder alguien cómo él”, tendiendo a ocultar o suavizar sus discrepancias con lo que piensa que es el pensamiento mayoritario. La gente tiende a definirse como “de centro” porque está interiorizado en el sentido común que “los extremos siempre son malos”, y suele definirse como “de izquierda” porque entiende que representa los valores mejor vistos socialmente.

Todo esto me llevó a pensar que resultaría interesante analizar las causas, y sobre todo, las consecuencias que tiene esta concepción moral sobre la izquierda. Si los valores que se identifican con la izquierda son considerados como los más deseables socialmente, ¿por qué la izquierda nunca logra la hegemonía social y política? ¿Por qué la gente sigue votando mayoritariamente a la derecha?

  • LA IZQUIERDA TOMADA POR LA “CLASE MEDIA”

La composición de clase de los partidos de la izquierda (y especialmente de sus direcciones) ha ido variando a lo largo del tiempo. La clase obrera sufre poco a poco un proceso de dualización, por el cual su sector más cualificado alcanza mejores condiciones de vida (conformando la llamada clase media), mientras que el menos cualificado sufre un duro proceso de precarización, impidiendo en gran medida su capacidad de organización sindical y política.

Con unos sindicatos de clase debilitados y cada vez menos representativos, y un amplio sector de la clase trabajadora demasiado precarizado como para organizarse de manera eficiente, “la clase media”, compuesta fundamentalmente por funcionarios y profesionales liberales, toma el control de las organizaciones; no como fruto de una conspiración, sino como consecuencia de la incapacidad de las organizaciones para adaptarse a la nueva realidad de la clase obrera.

Es así como el discurso sindical y centrado en el conflicto de clase va perdiendo la centralidad en el imaginario de la izquierda, que comienza a cambiar sus prioridades programáticas. Sus dirigentes, formados en el progresismo liberal que impregna todo el sistema educativo público y con un nivel de bienestar económico considerable, empiezan a poner el foco en cuestiones más éticas y formales. Cuestiones como la “neutralidad política” de la televisión pública, se convierten en un caballo de batalla mucho más importante que la situación laboral de las camareras de piso en los hoteles o la siniestralidad laboral, la ruptura en la división de poderes del Estado liberal, parece preocupar más que la implantación del programa neoliberal sobre la universidad pública.

Esta “funcionarización” de las direcciones de las organizaciones, también influyó mucho en que poco a poco se cambiara la concepción de la lucha social (interiorizada en el mundo sindical tradicional), por la de la gestión política institucional (la lógica administrativa interiorizada por los funcionarios públicos).

  • LA CONCEPCIÓN SOCIALDEMÓCRATA DE LA POLÍTICA

Toda esta variación hacia un discurso más ético y moral, también tiene mucho que ver con la asimilación de gran parte de la idea socialdemócrata sobre la política. En ella los políticos son representados como “servidores públicos” y no como representantes del pueblo realmente existente. El Estado por tanto no sería una herramienta diseñada por la clase dominante para oprimir al resto, sino un ente independiente, al que debemos acceder para gestionar la sociedad según nuestros grandes ideales. Asumimos así el mantra liberal, donde se nos dice que la política no está atravesada por un conflicto irreconciliable de clase, sino que representa el sano debate de ideas y opiniones sobre cómo deberían funcionar las cosas; y dado que tenemos las opiniones fundamentadas en los valores más elevados (piensa ingenuamente la izquierda), tenemos las de ganar.

La aceptación de los principios liberales de la democracia representativa en los marcos del capitalismo, lleva a la izquierda a la simple defensa de los “valores” dentro de un marco dado. “Insta” a los empresarios a desarrollar un capitalismo “de rostro humano” o con “responsabilidad social”, apelando a cuestiones morales y éticas como vía al progreso social.

La composición de clase de las organizaciones de izquierda, dirigidas por personas que no sufren la misma situación de los sectores más oprimidos, implica que su lucha política no parte de la auto-organización de las más golpeadas por el capitalismo bajo una lógica de solidaridad, sino que por el contrario, implica una especie de “despotismo ilustrado”, donde ejemplares servidores públicos  otorgan caritativamente derechos a quienes más sufren. Un ejemplo de esta transformación de la cultura política en la izquierda lo podemos ver en el cambio en la concepción de lo que debe ser una huelga general, que ha pasado de verse como una demostración de fuerza sindical, como poder obrero que ejerce influencia política directa paralizando el país incluso mediante el uso de la fuerza, para plantearse como una “protesta” especialmente grande que debe visualizar un descontento que “los políticos deben escuchar”.

Así, la imagen final de un derecho conseguido no es la de un colectivo que lucha contra el poder establecido y que logra imponer sus intereses tras una dura batalla, sino la de un político de izquierdas “sensible al sufrimiento de otros”, que se reúne con un colectivo representativo y se hace una foto firmando un papel. La izquierda “se reúne” con colectivos sociales oprimidos, y les otorga derechos; no como fruto de una lucha social de estos colectivos, sino como fruto de la “alta sensibilidad social” de los dirigentes de la izquierda.

Todo esto lleva a un enfrentamiento institucional entre una derecha y una izquierda, representada por personas que no se encuentran muy alejadas unas de otras en el estrato social. Un marco donde las organizaciones de la izquierda articulan un discurso donde la derecha, representada en los valores del egoísmo y el individualismo, se combate desde una izquierda que se eleva moralmente defendiendo los valores de una “justicia social”, que desea para otros, puesto que sus representantes (en su mayoría varones blancos, heterosexuales, europeos y con estudios superiores) no parecen necesitarla.

  • LA DERECHA PRAGMÁTICA Y LA IZQUIERDA IDEALISTA

Toda esta situación, deriva en un “sentido común” inserto en la mentalidad colectiva, donde la derecha se representa como egoísta pero pragmática, y la izquierda altruista pero idealista, y que se resume muy bien en la frase de :”Quien con 20 años no es de izquierdas no tiene corazón, pero quien con 40 no es de derechas, no tiene cerebro”.

Se genera así un perverso mecanismo ideológico, donde en los tiempos de bonanza económica uno puede permitirse “el altruismo” y la sensibilidad social hacia los más desfavorecidos, pero en los tiempos de crisis se debe imponer “el pragmatismo” económico.

Como todo aquel que no se encuentre en los márgenes de la exclusión social tiende a considerar que es “clase media”, se impone un mecanismo mental donde la clase trabajadora decide que ahora no se puede ser caritativa “con las minorías”, y compra el discurso de una derecha centrada en “la recuperación de las clases medias”. La izquierda se ve atrapada en su propia trampa, auto-representada en la imagen de “ayudar a otros”, frente a una derecha representada en el “nosotros primero”. Algo que provoca una especie de locura política, donde la izquierda se nutre en gran parte de votos que provienen de sectores sociales relativamente acomodados (en los primeros años de la crisis uno de los principales perfiles de votante de IU, era el joven con empleo, urbano y con estudios superiores), bajo una perspectiva moral de “ayudar a otros”; mientras que la derecha cala fuertemente entre sectores más explotados, gracias al discurso del “nosotros primero, los españoles de clase media”.

Podemos imaginarnos una escena, en la que una mujer desempleada pasa por la puerta de un supermercado y ve dos puestecillos a la entrada. A un lado, un partido de izquierdas recogiendo alimentos para los niños saharauis, y al otro, un partido nazi que le ofrece una garrafa de aceite “por ser española”. ¿Qué partido identificará esta mujer como el que defiende mejor sus intereses?

Esto no significa que la izquierda deba abandonar la siempre necesaria solidaridad internacional para abrazar un nacionalismo rancio, se trata de entender que la izquierda debe aprender a articular un discurso basado en el “nosotros”, uno del que la clase obrera pueda sentirse parte y protagonista desde su propia condición.

No se trata de “convencer a la clase obrera” de que queremos ser sus honrados servidores, ni de que deben votarnos porque somos buenas personas que pensamos en los demás. Se trata de organizarnos como clase, de crear un “nosotros” que esté centrado en nuestras malas condiciones de vida y en la necesidad inmediata de cambiar esa situación. Una identidad de clase, de la que se forma parte por compartir unas condiciones de vida, unas necesidades comunes, y no un posicionamiento moral difícil de mantener en una vida de precariedad. Al fin y al cabo, es más fácil “ser solidario” cuando eres un arquitecto que puede colaborar con ONG’s, y es más difícil no “ser egoísta” cuando se está pasando necesidad.

  • LA CRIBA ÉTICA Y MORAL IMPIDE A LA CLASE TRABAJADORA ACCEDER A LA POLÍTICA PÚBLICA

Como ya hemos planteado, la cultura política de la izquierda está fuertemente influenciada en primer lugar, por esa concepción socialdemócrata que busca “políticos capaces” más que representativos (técnicos de la transformación social desde las instituciones), y en segundo lugar, por esa concepción moralista de la política, centrada en los valores, que obliga a tener representantes de “alta calidad moral” y biografía intachable, como única vía de hacer legítimo ese discurso.

Ahora cabría preguntarse, ¿Quién puede vivir cotidianamente bajo ese esquema moral? ¿Quién puede permitirse comprar en comercio justo? ¿Quién puede renunciar a comprar ropa barata fabricada por niños explotados? ¿Quién puede comprar comida ecológica? ¿Quién puede desarrollar una vida fuera de cualquier situación de peleas, trapicheos o droga? ¿Quién puede esquivar la economía sumergida? ¿Quién ha recibido la formación para hablar en público? ¿Quién se siente llamado a realizar grandes cosas desde su más tierna infancia? De momento sabemos quien no, y es la inmensa mayoría de la clase trabajadora, que parece estar condenada a no ser la cara visible de sus propias organizaciones de clase.

Sin embargo, la solución no resultará tan simple y sencilla como cambiar “el perfil” del representante público de la izquierda, para que su base se vea más representada. Se trata de impugnar toda una concepción sobre “la política”, de romper el corsé de la democracia liberal, de denunciar las estructuras de la sociedad y no el comportamiento moral de los individuos que le ponen cara al poder establecido. Se trata de romper ese esquema egoísmo vs altruismo y volver a poner el foco de clase encima de la mesa. Arrebatarle a la derecha el “nosotros primero”. Nosotras, las que estamos jodidas por culpa del capitalismo y el patriarcado; frente a esas clases privilegiadas que viven así gracias a nuestro sufrimiento. Nosotras las personas oprimidas, las que no luchamos por tener grandes valores sino por pura necesidad, las que pensamos en la revolución, no como algo bonito y deseable, sino como algo estrictamente necesario para acabar con nuestro sufrimiento cotidiano.

Este barco se está hundiendo y no hay botes salvavidas para todos, así que nosotros primero. Nosotras y nosotros, el pueblo diverso, la clase trabajadora, vamos primero. Y si el IBEX35 y la banca no lo logran, pues lo sentimos mucho, no haberla liao parda.

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